Estas áridas y rústicas manos
engendradas por piedras y herramientas,
fueron las que surcaron tu cintura
las que dejaron el estigma de su arado,
grabado desde tus pies hasta tu frente
y en el rojo fragor del recorrido,
se volvieron palomas fugaces de rocío,
se adormecieron en tu rostro arrebolado
y en la mansedumbre de tus mejillas,
naufragaron como veleros incendiados
en el mar de tu boca tormentosa.