
señor de la voz grave y portentosa
escribo porque siento quejumbrosa,
la pena que perdura por el duelo
Dejando este dolor y desconsuelo,
la muerte, ineludible y envidiosa
te quiso a su costado, la celosa.
Jamás te olvidaré, Adolfo Castelo.
Con nada te quedaste en la bobina
nos diste tu talento a borbotones,
al punto que el mismísimo Sabina
persigue a tu sicaria en los rincones,
jurando con matarla si se obstina
en darnos tan tremendas aflicciones.