Soy la manta que siempre te guarece
refugio de tempranas frustraciones,
cómplice de precoces tentaciones
y el abrigo del frío que entumece.
La misma que de llanto se humedece
en momentos de cruentas aflicciones
cuando quedan sin flores los balcones
y el alma acongojada desfallece.
Tutora de la infancia a la vejez,
confesora de tantas despedidas,
que se abraza a tu blanca palidez
en las horas oscuras y temidas,
con tibia sensación de placidez
para sanar en sueños tus heridas.